JUAN BAUTISTA CASIELLES DEL NIDO

 

Juan Bautista Casielles del Nido nace el 7 de Julio de 1925. Es el segundo de los cuatro hijos varones que tuvieron el matrimonio formado por D. Rafael y Dª Irene. Rafael Casielles se afincó en Málaga procedente de Cañete de las Torres (Córdoba), desde donde fue traslada su familia ya que su padre desempeñaba un cargo en la administración dentro de su profesión: agente comercial; se establecieron en la calle San Patricio, en pleno corazón del barrio de la Victoria. Aquí conoce a Dª Irene del Nido, oriunda de Albacete, con quien contrajo matrimonio y establecen su residencia en el domicilio de los padres del marido, sitio donde nacieron sus cuatro hijos: Rafael, Juan, Enrique y Manuel.

Realiza Juan sus primeros estudios con sus hermanos en la Academia General de Enseñanza, existente por entonces en la céntrica calle Granada. La guerra irrumpe como un fantasma en la vida de "Juanito" que tan sólo cuenta con once años de edad. Juan vive aquellos años en un ambiente íntimamente familiar y religioso en aquel número ocho de la calle San Patricio, en cuyo entrañable patio, entre olor a naranjos y el canto susurrado de Doña Irene, pintaría sus primeras flores y sus primeros pajarillos a los que sólo les faltaba "volar".

Pasados aquellos años mientras sus hermanos Rafael y Enrique ayudan a su padre en el negocio familiar, Juan prefiere ensimismarse en su mundo de fantasía, entre rezos del Santo Rosario después del café de media tarde, "volando" como un ángel por encima del campanario de la Victoria, o recogiendo manojillos de pelo de la cabeza de su hermano Enrique cuando venía el peluquero a casa para fabricar las pestañas de una dolorosa de barro a la que daba los últimos toques; o soñando Nacimientos con montañas de cartón y estrellas de papel dorado.

Asiduo feligrés de la parroquia de la Victoria y admirador de los paseos de los seminaristas por delante de su casa tras los cristales de su dormitorio, Juan respiraba un ambiente religioso que marcó su vida para siempre.

Su vinculación a las cofradías también le vino desde pequeño, ya que crece entre las naves de la iglesia de la Patrona y su casa, donde se preparaban los bocadillos para los hermanos de la Sagrada Cena cada Domingo de Ramos; cofradía a la que perteneció desde niño y cuya vinculación no se limitaba a salir de nazareno, sino que colaboraba en el montaje de los cultos, en el arreglo de la Virgen, etc., ejerciendo pronto el cargo de Albacea de Cultos.

Admirador de la naturaleza, se dejaba sorprender por el atardecer mientras dibujaba flores de inspiración fantástica, después de un análisis de observancia placentera del retorcer de los tubérculos y pámpanos de las vides, las puntiagudas hojas -como espinos de amargura- de los cardos del campo, o la gracia y alegría con que rompían las olas del mar en la playa, de donde tomaba su sutileza y con destreza, las colocará como mantilla en el pecho de la señora de la Paz ... todo ello, coloreando con los añiles de los atardeceres del monte de "las tres letras" y la penumbra de la luz de un cirio de cera lagrimosa que perfumara con aquella fragancia inigualable, sus sentidos. De aquella inspiración pinta el rostro del Santísimo Cristo de la Sagrada Cena y diseña los estandartes para su hermandad.

Influido por el ambiente religioso familiar, junto con su manifiesta sensibilidad, le hicieron criarse entre su familia y la parroquia (incluida su cofradía), lo que hace que Juan viviera en un mundo muy particular, alimentado exclusivamente de su fantasía artística y ajeno a aquel otro mundo exterior que se debatía un porvenir, basado en la adoración por los placeres materiales.

Juan, disfrutaba de las tertulias cofrades y desde siempre las propiciaba en cualquier ocasión en que se reunía, bien con su familia, sus amigos o sus hermanos de la cofradía que formaban corro a su alrededor para escucharle, pues siempre era una delicia ya que conquistaba con su timidez pero con su contundencia de que lo que decía era producto de la reflexión o del sentimiento más profundo. En estas conversaciones con las camareras de la Virgen de la Paz, intuyeron la buena disposición de Juan para que estudiara en el seminario, y consiguen una beca de la cofradía con la que Juan ingresa en el Seminario Diocesano de Málaga, aunque ya no era ningún niño pues pasaba el año 1951. Comienza por los estudios básicos de bachiller pues no había podido acabarlo por la guerra. Destaca principalmente en el estudio del latín, significándose tan sólo por ello y por su espiritualidad y comportamiento bien adaptado.

Pero una enfermedad de pulmón, por diversos resfriados mal tratados le hacen tener que estar en cama durante meses, en los que Juan analiza su vida y su persona, y decide que tiene que dedicarse plenamente al arte. Deja pues el seminario sin empezar los estudios de Teología, y Juan vuelve a su familia, sus cofradías y su arte más crecido en cuerpo y alma, pero debilitado por la enfermedad que le dejará huella para siempre e inmerso en su personalidad extremadamente sensible, tímida y creativa, se dedica a partir de entonces y por completo a la pintura.

La hermandad de la Cena, a la que aún sigue vinculado, decide por su iniciativa hacer el Guión, y un manto bordado para la Virgen de la Paz y Juan despliega sobre la mesa del comedor pliegos de papel ocre y a tamaño natural, comienzo a trazar, con la emoción de un padre que espera el nacimiento de su primer hijo, con el amor de un hijo que prepara para su madre su primer regalo y con la firmeza y la seguridad de una mente artística, con la única inspiración de la naturaleza, a plantar un vergel de hojas y tallos que se retuercen en sutiles y barrocas adoraciones siguiendo una línea de creación perfecta que en sueños, se eleva hasta los cielos del palio para dar con la cara de la señora de la Paz, con fondo de aleluya de Haendel o cantos de alegría de Beethoven.

Un tanto asombrados por el nacimiento de este artista, que creara con la realidad de la evidencia su primera obra de arte, en un campo en el que Málaga nunca fue prolífica y cuando las cofradías empiezan a reconstruir de nuevo patrimonio, y gracias a los donativos y colaboraciones de entidades (públicas en su mayoría), los hermanos de la cofradía del Prendimiento, deciden encargar a Casielles el diseño para el manto de su Virgen del Gran Perdón. Y de nuevo, sobre terciopelo azul, la hojarasca de oro, los Ángeles con alas de plata y las flores de seda, hacen una combinación perfecta, guiados por el lápiz joven y firme del artista, que tan sólo con treinta años ve realizada su segunda obra importante para la Semana Santa malagueña.

Es por estos años, que su estética no se limita a las cofradías, y sueña con una Málaga con plazas de naranjos y fuentes con surtidores y estanques con peces de colores y cerámica de reflejos, con rincones, donde una señora coloca un ramo de claveles amarrados a la reja que protege el azulejo de una Virgen Dolorosa, con calles estrechas donde los balcones son el pretexto para aposentar macetones que le hagan con sus flores un techo de gitanillas, con una ciudad cuyo perfume sea el del azahar y el incienso y con su río caudaloso, para que en las noches misteriosas  de la primavera, un crucificado pueda reflejar su cara de dolor en sus aguas.

Acompañado a un familiar en un viaje por estos años, regresa una vez más Sevilla, a la que ya se había visitado en otras ocasiones, ahora para conocer más a fondo aquellas imágenes que aún guardaba en su muerte y eran protagonista de sus sueños. Descubre en la Semana Santa su proporción y queda admirado por su misterio, su buen gusto y su Arte. Sus ojos, no descasan de fotografiar en la memoria, la filigrana de las orfebrerías, los creativos diseños de los más clásicos sevillanos del dieciocho y diecinueve y se conmueve ante el baile de la bambalina de un paso de palio en la encrucijada de las calles sevillanas, mientras su mirada se pierde, como la de un alumno deseoso de descubrir los secretos de sus maestros, entre los animosos diseños de Juan Manuel Rodríguez Ojeda o los valientes y personales trabajos de orfebrería de Cayetano González y Armenta. 

En estos viajes a la capital hispalense, visita iglesias como el Salvador o la Macarena, San Luis o San Lorenzo, estudiando y admirando de cerca las obras maestras del barroco andaluz, introduciéndose en conventos y preguntando a todo aquel que le daba norte de donde estaban los talleres en que se realizaban aquellas maravillas de oro y plata; y es cuando conoce a D. Manuel Villarreal, que acaba de abrir taller propio en la calle Alfarería del barrio de Triana, cuando corría la primavera de 1954. Se siente cómodo entre los recortes de plata, entre el olor a pez rubia y el hollín de los hornos de las fraguas. Entre el sonido martilleante sobre los buriles o de la segueta sobre la plata, y encarga para su hermandad de la Cena, la placa de estandarte, la del guión y la Inmaculada para el simpecado.

A partir de ahora, la vinculación de Casielles a Sevilla, se ve incrementada por este trabajo ya que aconsejado por su familia, plantea negocios con los talleres de Villarreal, y la casa le nombra delegado comercial en Málaga. Juan estaba en un mundo nuevo que sólo conocía de oídas a lo lejos; trabajar para ganarse unos honorarios y qué mejor que trabajar en aquello que más destacaba, el arte. Ilusionado por este razonamiento pudo soportar y comprender lo de los tantos por ciento y con ello las críticas de ciertos cofrades. Juan sólo se proponía que su Semana, Santa, consiguiera una estética basada en el buen gusto y no en la imposición del poder de una junta de gobierno, incluso de un señor, que en realidad, podía ser comerciante o algún cargo político, pero jamás un artista; una Semana Santa donde la proporción fuera acorde con las imágenes y no con las avenidas, donde el detalle fuera la culminación de la obra y donde el amor y la educación en el trato, fueran la nota dominante. Para aquel alma espiritual y sensible era difícil unir el arte con la economía y mucho más aún hacérselo transmitir a los cofrades. Además de hacerles comprender una estética que ellos denominaban, "sevillana", y que sólo se trataba de buenos bordados, buenas tallas y buena orfebrería y que para ello había que ir a Sevilla pues era la única escuela barroca que aún trabajaba. Aprovechaba el encargo de una cofradía en un trabajo, para además, hablarse de la medalla de hermandad, de una toca de sobremanto y una saya de torero o de cirios de pura cera virgen y claveles blancos para "La Señora" y montes de claveles para "los crucificados" y canastillas barrocas de pan de oro y estofados.

Ya son varias la cofradías que encargan trabajos a Casielles, como Viñeros o el Prendimiento, para los que realiza obras como los mantos de procesión de ambas dolorosas, el trono del Cristo del Prendimiento, bocinas, bastones, etc., Juan también trabaja para el Rescate y ya es conocido en el mundo cofrade por excelencia: La Agrupación de Cofradías, que le encarga el cartel para la Semana Santa de 1961, y realiza además el decorado del escenario para el pregón de semana Santa en el teatro Cervantes (1956). Nuevamente su sello y su gesto se hace notar por su sutileza, su elegancia, su sencillez y su buen gusto.

Juan, aunque trabajando para varias cofradías, no dejaba su parroquia de la Victoria, pero echaba de menos la talla de Cristo Crucificado y muerto en la cruz ante el que pudiera postrarse y encontrar el refugio de sus pasiones. Comienza el Contacto con escultores imagineros y aprovecha que Francisco Buiza tiene un crucificado de dimensiones muy buenas para un retablo y convence a D. Benigno para que el Cristo viniese para el templo. Juan ve reproducida en aquellas tallas de angelillos revoloteando por los cielos del taller de Barbero, los rizos de los cabellos del hombre mediterráneo, o los morenos mancebos que tocaban trompetas a gloria sobre la tabla barroca de Antonio Martín. Eran inspiración de aquellos jóvenes del Palo o de la Trinidad o los ojos de las dolorosas de Buiza que lo transportaban al Perchel donde las mujeres tenían el color de la miel en sus pupilas.

Es en la década de los sesenta cuando trabaja más para las cofradías, realizando casi su totalidad de los diseños de todas las cofradías de nuestra Semana Santa de aquellos días. Diseña tronos, mantos, palios, estandartes, coronas, sagrarios, y un largo etc., aunque de todas ellas destacan sus trabajos para bordado donde refleja más mensaje, elegancia, creatividad, alegría, amargura, amor y pasiones profundas y celosamente protegidas de una timidez claramente manifiesta. Sus composiciones son ordenadas, equilibradas, elegantes, severas o alegres; sus dragones bellos como sus mancebos, pero denotando quizás un gusto demasiado inclinado por los clásicos y sigue al pie de la letra sus cánones.

Juan, celoso de su arte como de sus amigos, defendía ante todo su sentido de la proporción, intentando crear un espacio perfecto donde se colocará a "La Señora" pero después de varios intentos sólo lo consiguió para su hermandad de las Penas, claro ejemplo de su ideal.

La muerte de su padre y poco años después la de Doña Irene, le hicieron reflexionar sobre la vida, aumentando su sensibilidad y su intimidad, pues aquella casa que años atrás había estado compartida con tantos seres queridos.-pues siempre era el lugar de reunión de todas las celebraciones-, ahora estaba solamente él y su arte. Necesitaba ocupar aquella soledad física que le invadía, y aunque fieles a sus amigos de siempre como la familia Padilla, comparte su tiempo con otras amistades de la cofradía, en los que paso los ratos más felices de su vida. Sus cofradías,  su arte arte y sus amigos le bastaba para estar siempre soñando ángeles de nácar y pétalos de oro y crear aquellas fantasías de armoniosa y alegre belleza en los tronos del Rocío y Trinidad o en la corona y el resplandor de la Virgen de la Esperanza; con la gracia de campanillas de plata o con la elegancia del trono de su Virgen de las Penas, que el mismo encargo al bueno del maestro Eslava, una vez salida de su imaginación y transmitida en vocabulario de artista a las manos creativas de Antonio (Eslava), aquellas gubias llenas de humildad, sencillez, amor y soledad, plasmaron en la garganta maravillosa de la Virgen de las Penas, su llanto contenido y el aliento de un suspiro hacia adentro, que la ahoga, de pena y amargura. Quería que fuese ella quien más llorara de las dolorosas malagueñas, pero con un llanto contenido, que nadie se percatase de su soledad y de su pena, como la del alma de aquel artista o la suya misma.

Se integra por tanto plenamente en la cofradía y encuentra allí de nuevo aquella matriz que un día lo guardara, o aquellos brazos que venían cada noche a acariciarle en la enfermedad o desasosiego, pues conoció a buenos amigos como Jaime Solís o Juan Quintana o el mismo Jacinto Torres, con los que por el año de 1968, recorren España en un viaje inolvidable y que citaría en continuas conversaciones. Visitaron los tesoros del arte español, especialmente del barroco, deteniéndose en Sevilla, Guadalupe o Toledo.

Pero aparece que este viaje y el momento en que se encuentra y animado por todos influyeron para que Juan ingresara en la escuela de Arte y Oficios de Málaga, donde soporta la frialdad de la aritmética y el dibujo técnico de tiralíneas o el compás (que eran ya sus propias manos). Se especializa en la rama de decoración y comienza a trabajar en diseño de interiores, realizando varias empresas importantes en casas particulares para que las que desarrolla su arte en el campo de la cerámica, la cerrajería, la tapicería o la pintura.

Para la Agrupación de Cofradías, realiza la escenografía y el montaje de la exposición de enseres procesionales malagueños en Madrid, destacando -su especial- ambientación de la que supo envolver el recinto. Trasladado durante dos meses a la capital, Juan visita y conoce de cerca la obra de Goya y Velázquez, su preferido, aunque nunca entendió a los contemporáneos como Picasso o Dalí.

No deja de viajar cada fin de semana a los campos de Málaga y la provincia, o a veces, a la Alpujarra; aprovechaba semanas con días festivos para llegar hasta Lisboa o Cáceres, a Jaén, Granada y Córdoba, Cádiz o Huelva, recorriendo Andalucía en varias ocasiones con los compañeros de la escuela de arte y con motivo del viaje fin de carrera, visita Italia, descubriendo en sus calles la voluptuosidad de Miguel Ángel o la belleza de los Donatello que caminaban junto a él deambulando por entre las bulliciosas calles de Roma y las elegantes de Florencia.

Luego, nos conocimos un Domingo de Ramos, una mañana de traje y corbata azul y de olores de azahares, con los brazos cruzados sobre su pecho, con la manos extendidas sobre sus antebrazos, como en un un abrazo; aquellas manos pecosas de dedos afilados como elegantes pinceles, lucían un solitario discreto que le regaló su padre y que no se separaría de el. Aquellas manos que me prometían como herencia, pero sin poder dejarme la clave de sus movimientos.

Nos cruzamos alguna mirada, tímida la suya, precavida por mi parte pues también conocí detractores de su obra y su persona que me alertaron de que comerciaba con las cofradías o de su "sevillanismo". Ya su discurso me pareció distinto y relajándome un poco puse más atención a lo largo del resto de conversación de aquella cerveza que se hizo interminable. Volvimos a vernos una horas después para contemplar juntos las cofradías del Domingo de Ramos. A partir de entonces me dejé envolver por su personalidad tímida pero inmensamente atractiva y me deje acomodar en aquella silla de mimbre a la subida de la escalera de su casa donde un rayo de sol atravesaba de azul la estancia, quedando otro reflejo rojo sobre la sonrisa del niño de Dios de Buiza que se apoyaba sigilosamente en la nube de querubines sobre el arcón.

Las largas veladas veraniegas bajo el naranjo del patio, donde una lámpara de aceite dejaba traslucir las lágrimas de aquel soñado azulejo de la Virgen de la Amargura, o me pasaba las horas viéndolo trazar aquellos encajes de hojas que componían una potencia para la cabeza de un nazareno, con un fondo de Concha Piquer o musitando unas palabras que irrumpieran en el canto de una saeta sentida en un lamento hasta el ahogo, para retomar fuerzas y en un quejido bajito, decirle piropos de amor a una dolorosa de pasión, su única Esperanza.

 Se nos fue, de primavera, un día de primavera de Junio, cuando la Virgen del Rocío, pasaba por su casa en la procesión de Pentecostés. Para entonces dejaba el embrión de su última obra póstuma, la cofradía del ECCE-HOMO y nuestra Madre y Señora de la Merced, con toda su escuela cofrade.

Intuyó quizás aquella muerte temprana, cuando fatigado por el cansancio de la vida, lo vi llorar no sé si de pena de dejarnos o de alegría de partir definitivamente; con la mirada, alzada hacia la imagen del Cristo de la Agonía, en una primavera de 1981.

           

 

 

 

 

 

Articulo publicado en Revista Vía Crucis nº 11. Diciembre 1991. Edición Monográfica Juan B. Casielles del Nido.

Articulo integro titulado Aspectos Biográficos sobre Juan Casielles "A Juan desde el recuerdo ....".

Autor del artículo su gran amigo y   cofrade malagueño  D. Eloy Téllez Carrión.         

Fotografía: Eduardo Nieto Cruz   

                   

Todas las fotografías que contienen este artículo son piezas dibujadas por Juan Bautista Casielles del Nido para su Cofradía del Ecce-Homo más popularmente conocida como "LA HUMILDAD"